boomerang...

(t3.preservice.org)
La corrupción abusa de valores fundamentales
Libertad, derechos humanos, pluralismo y tolerancia son, más allá de toda duda, valores que debemos defender, pero con lucidez.
Con lucidez, digo, porque la experiencia de otros países y la nuestra, nos advierte que esos derechos suelen ser abusivamente usados y llegan a convertirse en escudos del crimen, de connotaciones económicas de un cierto peso, transformándose en un boomerang que atenta contra la existencia misma de los derechos de los demás al impedir la pesquisa, prueba y represión de ilícitos financieros. Pensemos sólo en el secreto bancario, a modo de ejemplo. Esto es importante a la luz de los comentarios que hemos venido haciendo sobre abusos de la ley, del poder y de la fuerza económica ligada a la corrupción más trascendente.
Lucidez para defender la libertad y los derechos fundamentales de todos
La lucidez a la que aludo, para diagnosticar el fenómeno criminal que hoy nos concierne en modo más trascendente, es compleja. Sólo puede decantarse en procesos históricos: económicos, sociales y, en definitiva, culturales, que van caracterizando el modo de ser del hombre en cada tiempo de su andar por esta tierra. Y la decantación no sólo es lenta por su propia naturaleza, sino que, además, se ve desviada por orientaciones de los distintos grupos de interés, que se expresan en fuerzas de lobby y en los medios de comunicación social. Pensemos en la avalancha de noticias diarias sobre robos y asaltos o micrográfico y en la respuesta urgida de las autoridades en resolver “ese” sectorial problema, el de la delincuencia de los marginales sin prestar igual atención a los crímenes de la influencia que nos corroen literalmente como país. Los discursos medial, político y legislativo son coincidentes en esa ceguera. El asunto conocido como CORFO–Inverlink, o el caso Riggs, o las sociedades de pantalla en paraísos fiscales y penales, no dan aún en nuestro país para una política pública decidida de prevención y defensa frente a este tipo “emergente” de modernos delitos, ni mucho menos dan para especiales instancias o ministerios.
Estimo que tal insensibilidad traerá daños, como ha ocurrido en países tan culturalmente desarrollados como España e Italia, los cuales ya desde hace algunos años recorren la senda del debate sobre delitos socio económicos e ilícitos financieros nacionales y transnacionales, y sobre sus nexos con la corrupción y el destino mismo del Estado.
Tal falta o carencia está, precisamente, en el campo de acción del Estado, en su política o no política criminal para la mejor tutela del Bien Común, y en el campo de la producción de sus normas jurídicas, las que se deben imponer (desde el exterior) a cada individuo como protocolo actual y atinado de la salvaguardia del interés social.


