viernes, septiembre 02, 2005

Espíritu...





(foto archivo personal: ante Buda, de Bruno Coulon, Thailandia 2005)



el alma atenta,
la imagen no importa



"EL ESPIRITU DEL UNIVERSO"
(De "El bisel del espejo. Mi ventana", que escribí para Edebé, en Santiago, el 2002.)

En el tema de Dios, con Bruno (Giordano), y tomando bastante de cerca sus palabras, de los hebreos critico sólo su rol en la historia del pensamiento religioso, que junto a muchas otras cosas extraordinarias, puso sin embargo las bases de los errores a mi juicio más graves del cristianismo. El monoteísmo radical que no parte de una convicción filosófica meditada, sino del úcase intolerante de un Dios celoso, que descarta a todos sus concurrentes en el Cielo y reclama adoración; que puede perdonar y puede castigar; que posee una inmanencia cotidiana, en la casa de los hombres, vigilando sus costumbres aun menores; que reivindica al hombre como suyo, y le otorga el poder sobre los animales y cosas de la tierra, que están a su servicio, en relación de dueño.

Son graves las consecuencias de esta fe celosa, que absolutiza al propio Dios y le da la lógica y la inteligencia de sus representantes. Mi rechazo a la intolerancia, y mi aprecio por la existencia de cada individualidad, me lleva a no compartir esas creencias.

Siento en mí que Dios no nos juzga ni necesita castigarnos, ni anticipadamente amenazarnos. El Dios que siento, que creo adivinar, es el Espíritu que pulsa en el Universo infinito y del que somos parte y versión, en el que toda criatura tiene su misión e involucra su existencia, a modo suyo, en los caminos cruzados de la ética y de la estética. Ese Dios no es ni está para dialogar con cada uno de nosotros, no es ese su sentido. En cambio, cada uno de nosotros, puede irlo descubriendo, desenredando el enigma que tejen en el alma, en cuotas estrictamente personales, el propio destino y la capacidad de libertad. El desenlace que vayamos logrando nos identificará como individuos, singularidades, en el mundo. Y ninguna no ha de ser.

En eso algunos dirán: monismo y panteísmo. No sé como se explica la fe, y no pretendo hacerlo. Se cree en algo que no requiere ser explicado, que es parte de nuestro derecho a la individualidad y al error. Es escuchar con independencia nuestro modo de pensar y de sentir, de reconocer lo que llevamos dentro y nos convence, al que podemos hacer eco sin dudas interiores. Por superado que sea este pensamiento por otros intelectos, más científicos y racionales, y más expertos, yo creo en eso, en el endiosamiento de la naturaleza en la que todo tiene un alma, o participa del alma, y en la confusión de nuestro ser con el Universo y sus partículas, en la dimensión redonda, donde todo es redondo o, a lo más, oval, en que todo movimiento es a la postre circular. Así somos, desde el mínimo átomo a los confines del cielo; del girar de los electrones en torno a su pequeño sol, al girar de las constelaciones expandiéndose hacia los bordes del gran círculo en el que vibra el Universo.

Nuestro centro aún hierve, de la supuesta y aceptada explosión que despidió el trozo de roca que habitamos. La vertiginosa carrera que lo ha alejado de su origen no lo convierte del todo en “otro”, por muchas transformaciones que haya experimentado en su acontecer. Es de todos modos parte de los otros pedazos que giran dispersos o aglutinados en distintas distancias de nuestro Universo.

Cerca de nuestro núcleo, tan inhóspito para nosotros, y como tal vez sucede en otras latitudes, sobrevivirían esas extrañas bacterias, las “extremófilas”. Su nombre dice mucho, tan extrañas que parecen compatibilizar con el calor ardiente vecino al magma de los subterráneos del planeta. Allí, no hay aire, no hay luz, y la presión es inmensa. De ser corroboradas las investigaciones de científicos de la Universidad de Massachussets, estos extraños entes mínimos comen metales líquidos, oro entre otros (que en esa forma no vale nada para el hombre), y los digieren, excretando, según lo ingerido, el valioso oro sólido. Por eso tratan de producirlas en los laboratorios. Me cuesta imaginar como se puede reproducir un ambiente semejante.

Al parecer las extremófilas viajan además en algunos cometas, bolas de nieve sucia, formadas por hielo y un polvo nada vulgar, residual planetario del sistema solar. Esas bolas heladas portan elementos principales de nuestro entorno planetario: oxígeno, hidrógeno, nitrógeno y carbono; se encienden con la velocidad de su viaje y pueden ser capturadas por planetas, estrellarse o disolverse en nuestra atmósfera, o traspasarla, o seguir rumbo y disolverse en el calor de sol. Mucho se supone, algo se sabe, por quienes viven la vanguardia de esos temas. Algo cae hacia nosotros, público estupefacto del planeta. Leo con admiración que la “fábrica” de los cometas está en la nube de Oort, que bordea el sistema solar, más allá de Plutón. Ese sugestivo nombre es sencillamente el del sabio que la descubrió, el holandés Jan H. Oort , cuya teoría sobre la cuna y desprendimiento de los cometas acepta la mayoría de los científicos. Todo parece superar la más fértil imaginación.

Esas increíbles bacterias, los cometas, su hielo, nuestro planeta y los demás, somos familia, y seguramente lo somos de todas las estrellas que vemos brillar en nuestro cielo. Ellas y nosotros aglutinamos partículas y energía, en el misterioso tiempo en que cada formación es estable y distinta a las demás en el devenir del todo.

A mí me da paz ver así al mundo y la existencia. Me quita las ambiciones y antojos locales, me aleja de los logros coyunturales y materiales. Me amarra al sentido de la vida, le da importancia a mi tiempo y me amarra al curso del Todo.

Pero debo seguir adelante.

En resumen, Bruno cree en un mundo donde no hay bien ni mal, bello ni feo, útil ni dañoso. Un mundo en el que nada ni nadie está demás, un mundo que une y convoca, que no excomulga ni excluye, y en que cada cosa y cada uno desarrolla su función en el lugar y en el modo propio, y en el que cada parte debe ser y actuar como es y como actúa.

Lo dicho no es indiferencia, ni resignación; es el destino propio de las cosas y los seres, es su destino y su por qué en la Tierra. Los labios más bellos se unen a los intestinos, por conexiones nada de atractivas. Al respecto, más latamente, Drewermann --expresando el pensamiento de Bruno--, dice: “Cada ser humano viene al mundo entre sangre y orina, y la rosa no florecería sin putrefacción del humus”.

Además, Bruno rechaza que se pueda agotar el conocimiento y acusa a los poderes de querer transformar al ser humano en un caballo de circo, de gracioso andar al compás del látigo; caballo que nada sabe de potros y correrías en la estepa. El conocer, para esos poderes, es un resultado previsible y deseado, puesto que no puede --y menos debe-- subsistir nada desconocido o inalcanzable. La tradición y la autoridad tienen la respuesta a toda pregunta.

Hay algo de todos los italianos en la historia de Bruno: la provocación al debate. La pasión y la fuerza de sentirse único, diferente al estándar. La virtud del diálogo, pues ningún único existe sin otros y el ser intelectual se despliega en la conversación que progresa. Yo digo, luego te escucho, te contesto, me contestas.

Cuando los oía, recordaba la extraña tendencia de mis connacionales al monólogo; hablar sin escucharse, trenzarse en discursos paralelos, que aparentan una conversación. Se da también en las familias y reuniones en que todos hablan solos, o en pequeños dúos o tríos, sin el menor respeto por el grupo y cada uno. Este fervor intolerante no se condice con el modo de vestir formal, gris y apagado; de celebrar todos el mismo modo, siguiendo estrictamente lo que se usa; de actuar, tan iguales a los demás, tan homogéneos, tan ocultos tras de la manada.

Catalina me llevó por sus lugares, me levantó cada día del suelo y marchó conmigo. Ella llevó mi padre al Espíritu Santo, a los pies del gran Cristo de la capilla del hospital de El Salvador, en Santiago. Junto al asiento en que mi padre miraba al gran Cristo de madera y recibía la visita del Espíritu Santo, estaba y está Catalina, dejando el asiento como cruce de un eje misterioso.

Me llevó, sin saber cómo ni por qué, a querer ver una pintura en el techo de las habitaciones Borgia, en los Museos Vaticanos. Yo había leído la vida de Lucrezia, por historiadores italianos y franceses, donde se narraba la recepción de ella a embajadores orientales, suceso pintado en los techos. Fui a verlo, y me encantó en la pared que enfrenta las ventanas, una escena con mucho azul y un gran arco de bronce en la que una niña bella, vestida de azul y bordes rojos, es el centro. Yo creí que era Lucrezia, pero era Catalina de Alejandría, que imponía con su palabra la fe en Majencio, sobre los 50 filósofos paganos traídos para refutarla. ¡Catalina había sido pintada con el rostro de Lucrezia!

Desde Catalina empecé a intimar con mi alma y a reconocerla y distinguirla de todo. Empecé a sentir que hay roles y tiempos limitados, para cada cosa, y que soy la dueña de cumplirlos o no, y quedar tranquila o arrepentirme.

Empecé a descubrir mis credos, a otear el viento y vislumbrar un sendero entre el follaje. El bosque del medio de mi vida ya no fue tan oscuro, y la vía se fue adivinando.

Creo que el destino es más cierto y seguro que las tramas de vida que yo pueda arbitraria o voluntariosamente inventar. No desafiaría sus pautas; me parece ver que quien lo desobedece o ignora, se fatiga en exceso, o se destruye o anula. Los que lo aceptan, en cambio, no sienten costos, y todo fluye, hasta la misma muerte.

Catalina me hizo experimentar que, por fortuna, no conozco el odio ni el rencor, y que mi dolor no me hace olvidar el de los otros.

Estos temas eran los más difíciles de abordar, la pena, aunque dulce, es pena, y no se irá. Dejaré aquí este tema.

1 Comments:

At sáb. sep. 03, 01:03:00 a. m., Blogger LdS said...

Clara

Abrimos nossos blogues quase ao mesmo tempo, mas so agora descobri o seu. Apreciei o seu texto em varios aspectos. Da injustificabilidade racional da fe e do alrgamento conceptual da vida, usando o interessante exemplo do que chama as extremofilas. Trabalhei com elas, em relação às minas de cobre e de sulfuretos polimetalicos complexos em Portugal. Aí, com as vossas minas de cobre, certamente pululam. Não só vivem em ambientes acidos quase extremos para seres vivos como suportam temperaturas também inconcebíveis. Face a certos metais toxicos, adquiriram resistencia genética especial. É o caso do arsenio; quanto a outros ainda nao (caso da prata) e morrem. Mas é possível crer na sua origem exterior. Como também na nossa. Como no aparecimento de formas elementares de vida que criam situações ate entao desconhecidas. Ha quem pense que a irrupcao original do virus da sida (aids)possa ter provindo dai, ou de um processo de mutacao catastrofica de um ente pre-existente e, por qualquer motivo, em latencia. A vida em si é um milagre; a razão, em si, é outro. A persistencia da vida, a luta por subsistir e projectar-se no futuro, essa é uma manifestação verdadeiramente divina, que todos compartilham e que portanto, como a Grundnorm kelseniana, esta - quase arquetipo - por detras de todas as estruturas materiais complexas em que o sopro da vida penetrou. Sem isso temos cadeias de átomos. Quimica pura, mas desprovida do "elan vital" que a faz, um dia, atravessar uma fronteira irrenunciavel e recomeçar a construir-se sucessivamente, por similaridade, "à imagem e semelhança de nós mesmos", para que cada um persista. Essa reacçao ao espaço-tempo nem é boa nem é má, pois está muito para aquem ou para alem desses conceitos. Certamente que é egoista, ciosa de si, porque encerra uma lei da preservação de si mesmo, num efectivo desafio ao espaço-tempo em que se situa. Mas podemos discutir isso mais tarde. Vou por o seu blog nos meus links. Visite o meu: é muito mais fait-divers, mas em algumas coisas talvez lhe agrade. Reject it if not!

 

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