miércoles, noviembre 16, 2005

Sibilla...,profecías y tristeza


En general despierto feliz, pero he llorado, más adentro y más allá de las circunstancias contaminantes del día.

Necesito a la Sibilla. ¿Acertaba la Sibilla?

Pasé casi a diario bajo sus montes, los Sibilinos, yendo de Perugia a Roma por la vía Flaminia. Esta ruta no sólo me lleva ahora Roma, sino al dolor más profundo. En el cementerio Flamineo está mi hija, Catalina.

Sibilla, ¿por qué debo girar por decenas de años por los mismos lugares, recorriéndolos como en un rito, pese a que están dispersos en el mundo y en el tiempo?

La Sibilla viviente, en los tiempos del Imperio Romano, habitaba los montes que se desgranan de los Apeninos y rodean el río Tiber. Montes viejos y volcánicos, bajos, plenos de bosques que se nutren de las abundantes aguas subterráneas, que se filtran de ese río y los torrentes. Allí reinan los árboles y sólo el agua rompe el silencio. Las voces de Sibilla eran muchas, la profetisa y su novicia servidora, renovadas en el tiempo. Rafael pinta las Sibila Cumana, la Pérsica, la Frigia, la Tiburtina.

Siempre que sobrepasaba esos montes, me repetía, como en los mantras que luego mencionaré, “…cosí la neve al sol si dissigilla, cosí al vento nelle foglie lievi, si perdea la sentenza di Sibilla[1]. Mucho después que éste es el Canto XXXIII, versículo 64, de El Paraíso de “La Divina Comedia”, de Dante Alighieri.

Una de esas sentencias crípticas, destinadas a tiempos lejanos aún por venir, la Sibilla le lanzó en el monte Cumas a Claudio, el más improbable emperador romano, cuando éste la visitó lleno de miedo, por el lugar y por ella misma, y más asustado aun por la predicción que le esperaba, ligada a su poco afectuosa familia y al poder que lo circundó desde niño. Salvó su vida, para cumplir la profecía, con sus balbuceos, su cojera, su inteligencia enorme y alerta, y su bondad.

En los tiempos actuales, Sibilla le dijo a mi padre, cuando yo tenía como cuatro años --además de otras cosas que no vienen al caso y que puntualmente se han cumplido--, que yo terminaría en una isla, escribiendo. (Del borrador de "El Bisel del Espejo, mi ventana". Edebé, 2002)

¿Será escribiendo en el blog? Eso no sería una isla, y fallaría en parte la profecía; sería mi plaza, en la que muchos conversan, también entre ellos, también de sus temas.

Perdonad la tristeza paseantes virtuales, pero ahora siento así.


(1) “Como se abre la nieve bajo el sol, así, en livianas hojas, se perdía en el viento la sentencia de Sibilla” (traducción libre).

martes, noviembre 01, 2005

Beatriz y María Rosa...,vivir sin tregua.


1º de noviembre de 2005

Hoy he tenido que presentar un libro, en la Feria del Libro de Santiago:”Vivir sin tregua” de María de la Cuadra, de la editorial Forja.

Ayer hemos enterrado a la esposa de mi único hermano, Beatriz Vargas Pinochet. Las historias se combinan en una cuestión central y natural: el tiempo no espera a nadie ni vuelve atrás, nunca da tregua, aunque disimule su apremio, su irreversibilidad, aunque desdibuje el drama de su amarra que sella para siempre todo lo que enlaza.

Por obvio que sea me pareció bueno decir en voz alta ante la sala bien atestada que nada vuelve atrás, ni siquiera el arrepentimiento que quisiera borrar más de un episodio. Si bien es cierto casi todo cicatriza – como nos dicen quienes nos consuelan- las cicatrices son de otro tejido, del cual es parte el dolor. Desde esa perspectiva todo puede ser triste y todo, absolutamente todo, puede ser importante: cada mañana, cada gesto, cada opción. Así pasan los hechos por la vida de Teobaldo, el nervio de la novela de María Rosa de la Cuadra. Así nos ha demostrado Beatriz.

No soy escritora, ni conocedora de literatura como muchos de los que ahí estaban. Explicaba el libro Poli Délano. Yo soy simple lectora, usuaria; a veces mera espectadora y, otras, como frente a esta novela de María Rosa, partícipe involucrada. Me gusta Teobaldo ( el personaje central), su periplo, su oscuridad inicial, dormido como todos lo estamos en los primeros tiempos de nuestra vida y su despertar, su zambullón en la intensidad de los sentimientos inesperados, desconocidos, esos que no pueden sino cambiar la vida. Y él, al cambiar, cambia la de otros, la de casi todos los que lo rodean.

En el libro seguimos la preparación de Teobaldo, su ascenso y, luego, vemos su marcha acompañada no sólo de los suyos, su personal arrecife, sino de los golpes que el entorno le propina. Me gustaría contar algunas cosas y, sin embargo, sé que no debe anticiparse nada. Debe leerse este libro. Puedo sí decir que desde que lo tomé en las manos me envolvió el sistema, el mundo de Teobaldo: sus muros, sus aromas, sus afectos, sus aspiraciones y sus frustraciones. Y a medida que seguí, me enamoré de ese Teobaldo, elegante, buen mozo, seductor, fuerte en la adversidad, tenaz.

María Rosa escribe con rapidez, en buena síntesis transmite una vida compleja; sus pinceladas son penetrantes. Le importa además lo esencial y lo profundo, aquello sin lo cual no se podría distinguir esta historia familiar de otras sin dejar de reconocer, al mismo tiempo, la universalidad del ser humano.

María Rosa, además, está al día de lo que ocurre en la Argentina, de cómo van pensando las distintas generaciones, hasta la última, y no quiere ignorar en su novela que, en los tiempos largos, en lo esencial, la historia se repite en espirales que parecen círculos y que, de todos modos, ascienden la misteriosa escalera del tiempo humano.

Aunque esté triste quiero declarar, con fuerza, como dicen en el río de La Plata, ¡que la novela es grande, como es grande en sabiduría y arte María Rosa!